La inteligencia artificial sigue siendo un juego de automatización: seguir reglas, aunque sean probabilísticas. No es un juego de romperlas ni de crear algo verdaderamente nuevo. Lo digo sin ánimo de restarle mérito. De hecho, creo que es exactamente lo que necesitamos en un mundo donde prima la producción sobre el arte. El problema empieza cuando confundimos una cosa con la otra. Y cuando hablamos de IA y creatividad como si fueran lo mismo.

Una regla probabilística sigue siendo una regla
Para empezar, un modelo de lenguaje no “piensa” una respuesta. Calcula cuál es la continuación más probable de un texto a partir de todo lo que ha visto antes. Que esa probabilidad se calcule con miles de millones de parámetros no cambia el ejercicio. El modelo devuelve una versión plausible de lo que ya existe.
Por eso la IA es tan buena resumiendo, traduciendo, reformulando, clasificando o escribiendo el típico email que nadie quiere escribir. Son tareas donde la respuesta correcta se parece mucho a respuestas anteriores. Y por eso mismo es tan mala sorprendiendo de verdad: la sorpresa, por definición, es lo improbable. Ahí está el nudo de la relación entre IA y creatividad.
De mis notas de lectura de The Eye of the Master (Verso, 2023), el ensayo de Matteo Pasquinelli sobre la historia social de la IA, me quedo con una distinción muy útil. El juego de la IA se sigue jugando en el terreno de la automatización, que consiste en seguir una regla. No en el de la autonomía, que consiste en romperla. Cada vez que alguien inventa una regla nueva, una vieja puede quedar anulada. Y cada vez que alguien rompe una regla, aparece una anomalía que implica otra forma de ver el mundo. Eso es lo que hacemos los humanos cuando creamos algo que importa.
Lo que Ada Lovelace ya sabía
La discusión no es nueva. En 1843, Ada Lovelace anotó un artículo sobre la máquina analítica de Charles Babbage. Escribió que la máquina “no tiene pretensión alguna de originar nada”: puede hacer lo que sepamos ordenarle. Ciento ochenta años después, la orden ya no se da con tarjetas perforadas sino con un prompt. Además, la máquina puede combinar lo aprendido de formas que no habíamos previsto. Pero la pregunta de fondo sigue en pie: ¿origina o recombina?
Hay otra idea en el mismo libro que suele quedar fuera de los titulares. La inteligencia que la IA extrae, codifica y empaqueta procede del conocimiento y del trabajo colectivo. Textos, imágenes, código, conversaciones. La máquina no inventó el lenguaje que usa; lo aprendió de nosotros. Y eso tiene consecuencias sobre quién se lleva el mérito.
La objeción: IA y creatividad sí van juntas
El contraargumento más serio es que la IA sí ha sorprendido a expertos. El ejemplo clásico es el movimiento 37 de AlphaGo en su segunda partida contra Lee Sedol, en 2016. Los comentaristas lo consideraron un error, y resultó brillante. También es verdad que los modelos actuales producen combinaciones que nadie había escrito antes.
Lo acepto, aunque con un matiz. AlphaGo sorprendió dentro de un juego con reglas fijas que otros habían definido y con un objetivo cerrado: ganar. Es la mejor demostración posible de lo que la automatización puede hacer, no de que haya autonomía. Nadie esperaba que AlphaGo decidiera que el Go era aburrido y propusiera otro juego. Ese gesto, el de cambiar el tablero, sigue siendo nuestro.
Por qué quizá es justo lo que necesitamos
Dicho esto, no quiero caer en el romanticismo. La mayor parte del trabajo que hacemos no es arte. Es producción: informes, fichas de producto, respuestas a clientes, presentaciones que se parecen a la anterior. En ese terreno, una herramienta que sigue reglas con muchísima eficacia es una gran noticia.
La IA es perfecta para el trabajo que ya era repetitivo antes de que llegara. Por tanto, el riesgo no es que automatice eso. Lo preocupante es que, por inercia, acabemos tratando todo lo demás como si también fuera producción.
IA y creatividad: el valor no está solo en la obra
Hay algo que me parece muy revelador. Una pieza musical, una fotografía o una ilustración puede inspirarte cuando sabes que la ha creado una persona. Te recuerda lo que somos capaces de hacer. Y exactamente la misma pieza, creada por una IA, puede dejarte con la sensación contraria: para qué hacemos nada los humanos.
En otras palabras, el valor de una obra no está únicamente en su valor intrínseco, sino en lo que nos mueve a hacer. Una máquina que sigue reglas puede producir el objeto. Lo que no puede producir, al menos de momento, es el gesto de alguien que decidió romper una regla porque tenía algo que decir.
Hablé de una parte de este debate en una nota sobre si la IA es realmente creativa o solo imita. Hoy lo formularía de otra manera: la pregunta no es si imita, sino a quién le estamos pidiendo que invente.
Tratar a la IA como lo que es
La consecuencia práctica es sencilla y poco espectacular: tratar a la IA como lo que es, un software. Un software muy potente, imperfecto y útil. No es tu plantilla de trabajadores (perdón, “agentes”), ni tu oráculo, ni un dios.
En los proyectos alrededor de la IA hay una tendencia curiosa. Cuando sale bien, el mérito es de la IA. Cuando sale mal, te disculpas tú por sus errores. Es una asimetría que conviene corregir pronto. Si la herramienta sigue reglas, la responsabilidad de elegir esas reglas, de revisar el resultado y de decidir cuándo romperlas sigue siendo humana.
Por eso, cuando construí el Marketing Assistant, lo planteé como lo que es: un experimento con un problema acotado, no un sustituto del criterio de nadie. Si te interesa ese terreno, en la página de recursos están las herramientas y guías que he ido construyendo.
IA y creatividad: lo que queda fuera del tablero
La IA va a seguir mejorando en todo lo que consiste en seguir reglas, y eso va a cambiar muchísimos trabajos. Sin embargo, cuanto mejor sea siguiendo reglas, más valor tendrá lo único que no puede hacer: decidir que las reglas están mal. Esa es, para mí, la verdadera frontera entre IA y creatividad.
Quizá la pregunta interesante no es qué puede hacer la IA. Es cuántas reglas estamos dispuestos a dejar de cuestionar porque una máquina ya las sigue por nosotros.


